13 de abril de 2018

Responsables.

Que dice el Meca que inflamos el cv diciendo que hablamos un idioma que no hablamos.
No sé si sabe que algunos nos hemos quitado titulación para encajar en eso que llamáis mercado laboral. Me lo quité cuando eché el cv para currar unas horas en el McDonald's harto de que me dijeran que estaba sobrecualificado. Me lo dijeron los colegas de Cruz Roja cuando fui a solicitar un curro de ayudante de almacén, y el hombre no sabía dónde meterse, porque aquello era un error, y yo me merecía más, me merecía "otra cosa" (como si aquello fuera indigno, ya ves tú). Estudiaba un máster en cooperación internacional mientras iba de una ong a otra buscando algo que hacer. Mis colegas de Cruz Roja vieron mi actitud y removieron Santiago con Roma para encontrarme algo. No había nada. Un día, una de ellas, del departamento social, cansada de buscar me dio un número de teléfono de una empresa de trabajo temporal con la que trabajaban, para ver si así había suerte. Fui muy ilusionado a buscar un curro de lo que fuera, ansiaba volver a una barra de un bar y poner copas y conocer gente y ganarme unos euros y que mi familia viera que no había recorrido mil kilómetros para nada. Después de cruzar Barcelona en pleno diluvio universal (coincidió que era la última semana del mes y no tenía pasta para el metro) el hombre me dijo que con mi cv no encontraría nada. Le comenté que me valía algo, lo que fuera, que me ayudara a seguir viviendo. Lo único que tenía era vendedor de cupones, seis horas al día, por 200 euros al mes. Me vine abajo, le dije que me lo pensaría. Llegué a sentir rabia de mí mismo al pretenderme tan orgulloso. Era un curro, a fin de cuentas. Como otro cualquiera, y había que apencar. Al llegar a casa tanto mi novia como mis padres se negaron en rotundo. Recuerdo una frase de mi padre. Me dijo que yo estaba ahí para crecer como profesional, porque para sobrevivir ya me había quedado en Galicia.
Hice otro máster. Y más de una docena de cursos de todas las formas y colores. A mayores, nunca he parado de leer y de escribir porque, para mí, siguen siendo dos de las mejores maneras de formarse y crecer, profesional como personalmente. Licenciatura, dos máster, cursos e idiomas. Gano al mes, entre colaboraciones con medios de comunicación y la venta (JAJAJAJA, ya me gustaría estar vendiendo libros, en fin) del libro que escribí durante dos años de trabajo, unos 500 euros al mes. ¿He llegado a exagerar en idiomas? Puede que sí. Siempre dije que el inglés lo tenía bah, ya sabéis, nivel medio. Nunca me lo creía, hasta que viajaba al extranjero y era capaz de mantener conversaciones con cierta fluidez. Hasta me hice una prueba de inglés en una academia en León y me sorprendió el resultado: el B2.
Todo esto viene porque me he encontrado un cv que hice hace unos años y la prueba del test de inglés que hice hace meses, y las tengo las dos en mis manos. En la pantalla del pc me encuentro las palabras de este fenómeno de los mares y las olas y, en vez de sentir rabia, reflexiono.
¿Sabéis por qué determinadas personas cobran más que los demás? Hay muchas razones, pero la más común es precisamente la que menos se cumple. Es una de las razones más lógicas y más prácticas, y llevada a su praxis supone un pilar fundamental para que una sociedad como la nuestra se desarrolle con cierta normalidad. Se llama responsabilidad.
El jefe paga más porque es más responsable. Un panadero mezcla los ingredientes en su justa medida y luego amasa y hornea. Pero si el maestro panadero no calcula bien, o no ha mirado escrupulosamente la calidad de los ingredientes, puede encontrarse con media docena de clientes airados porque el resultado no es el esperado. Y, ¿sabéis quién tiene que responder? El maestro panadero. Puede que fuera el currante el que la haya cagado, pero es el "responsable", el que cobra más y tiene una posición privilegiada en la escala laboral, el que ha de dar explicaciones. Y esto sirve para todos los gremios. Incluso en el mío. John G. Morris, el mítico editor gráfico de las revistas Life, The Washington Post, The New York Times, National Goegraphic y primer director de la agencia Magnum, fue el resposable de haber destrozado los famosos rollos de película que el fotógrafo Robert Capa hizo en la primera oleada del conocido desembarco de Normandía. Y no fue él. Fue su laborante, que con los nervios dejó más tiempo la película y las quemó. Pero él, RESPONSABLE del departamento, siempre dijo que aquello había sido su culpa, y cargó con ello hasta sus últimas consecuencias. Sí, fue él. Siempre lo dijo. ¡Hasta lo publica en sus memorias! Putos yanquis, ¡es que no saben que pueden cargarle el muerto al de abajo y mirar para otro lado! ¡Dios, qué manera de liarla!
¿Sabéis lo peor de todo esto? Que falsificar documentos oficiales no solo es reprobable moralmente. Es también un delito. Si yo me invento una titulación y la cuelgo en mi perfil de Linkedin y alguien me contrata por ello, me pueden caer las del pulpo. En concursos fotográficos, incluso, si no cumplo determinadas bases, me pueden quitar el premio, y mi reputación se vería en entredicho.
Pero está claro que eso no es para todo el mundo igual. Una pena.
Llegará el día que se ponga de moda ser responsable. De tanto que nos cargamos la palabra, acabará siendo un objeto de consumo. Y clickaremos sobre ella como quien se escoge un avatar.
Fulanito. Rubio, ojos claros, deportista, me gusta dar paseos y el cine. Y ser responsable.
En fin.

13 de enero de 2018

Cierra interviú y creo que tengo algo que añadir.

Hace seis años no sería capaz de imaginarme una muerte tan anónima pese a ser capaz de esperarla. Interviú cierra y quizás sí tengo algo que añadir.
Hace seis años empecé mi último gran error en un máster sobre periodismo en Barcelona. Allí, de todos los nabos que pretendían resaltar y luego llevarse el bote, tuvimos la suerte de contar con profesores y profesionales de este gremio que nos ayudaron mucho a creérnoslo. Quedan esas personas porque el resto era paja. Paja es llegar, contar cuan grande la tienes e irte a cobrar el cheque. Y eran la mayoría.
Desde las grandísimas Karma Peiró y Sandra Balcells (la primera me enseñó a confiar y la segunda me editó lo que sería mi primer trabajo premiado), pasando por aquella gratificante bronca de dos horas sobre periodismo americano de Pablo Capilla sobre la que saqué mis primeras lecturas útiles, las increíbles fotos de Emilio Morenatti o aquella borrachera con un Pulitzer que acabamos la Crespo y yo en la coctelería escondida que está al lado del Boadas. Y a Juanjo.
Recuerdo ver a Marta, a Gina, a Clara y a Alba poner a parir a Interviú por utilizar la cosificación de la mujer en sus portadas, y ser más agresivas en cuanto a la publicidad sexual que habitaba entre sus páginas. Y tenían razón. Sabíamos que una publicación así tendría muchas dificultades en sobrevivir en un tiempo donde el desnudo de una mujer ya no es un arma que dispara a una sociedad idiota y anclada en el pasado. Que estaba claro que el modelo de negocio tendría que cambiarse. Porque la confianza seguía ahí, pese al tiempo y el desgaste. Y el debate y la crítica de uno mismo no te hacen más pequeño sino todo lo contrario. Con toda la mierda que queda por sacar, era el momento idóneo para renovarse, adaptarse y salir del pozo.
Y Juanjo nunca nos dijo que no. Debatió con nosotras, con nosotros, tuvo paciencia, expuso sus argumentos y sus dudas y no se dejó nada en el tintero. Editó nuestros temas como si fuera nuestro redactor jefe personal, aceptó nuestras réplicas y mejoró cada entradilla siguiendo siempre la premisa que repetía una y otra vez: "al lector hay que agarrarlo desde el principio por la pechera y no dejarlo escapar". Al final de cada clase, al menos la mitad esperábamos fuera por si caía algún profesor y nos lo llevábamos a un garito que había a dos pasos de allí, a tomar unas cervezas y tratar de sacarle algo más. Juanjo fue el único que nos propuso ir a tomar las cervezas. Nos comimos unas pizzas y contamos batallitas y al final pagó todo él. Nos dio su email, nos dijo que no nos olvidáramos de él, que le presentáramos temas y nos dijimos adiós.
Siempre dije que tuve mucha suerte aquel año por dos motivos. Conocí a mis mejores amigas y grandes profesionales allí. Y también conocí a editores y jefes y a gente que me ayudó a progresar y a ver el gremio del periodismo como algo necesario y justo, como un grupo de militantes de la verdad y la justicia que lucha incansable contra los malos de la película.
Por supuesto, al año siguiente ya había descubierto que era todo lo contrario.
Pero seguí acordándome de Juanjo.
Cambié de ciudad, leí medio centenar de libros y acabé publicando uno que me llevó dos años de duración.
En ese tiempo viajaba para ver a mis colegas de máster y hablar de futuros trabajos que hacer en común. En una ocasión que visité Madrid, la Crespo y yo nos fuimos al edificio de ediciones Zeta a visitarlo. Nos recibió muy alegre. Al subir al piso de Interviú, lo primero que hizo fuer llevarnos a una sala alargada llena de mesas vacías. Lo que nos dijo todavía lo recuerdo.
-Esto es lo que provoca la crisis.
Eran despidos. Todos ellos, los habían echado a la puta calle, y los que quedaban estaban en negociaciones para una nueva bajada salarial.
Arriba nos presentó a los currantes de la revista y abajo, mientras tomábamos una caña, nos presentó al gran Fiti. Fiti era tan inmenso que, cuando le pregunté por una historia mítica de un buscado por la policía que solo él encontró, respondió, taciturno, que eso era paciencia y suerte. Nos despedimos otra vez como si llevásemos una eternidad sin vernos y nos volvió a pedir que no le olvidáramos y que le enviásemos temas.
La Crespo desde entonces siempre me insistió en que yo acabaría colaborando con Juanjo. Nunca la creí.
Al tercer año, resultado del trabajo anterior, una familia afectada por el amianto contactó conmigo y me pidió ayuda. Yo colaboraba esos días con La Voz de Galicia, pero como la historia me parecía durísima, pensé en pasarle el tema a alguien para que la sacara. Así que llamé a Juanjo.
-Entiendo lo que me dices, ¿pero seguro no puedes hacerla tú?
-Es que está a punto de morirse. Está en la capital y yo tardaré al menos dos días en llegar. Si se muere antes de que llegue no me lo perdonaría nunca.
Apeló a mi paciencia. Después de varios años detrás de historias como esta, bien merecen dos días de espera. Agradeció el gesto que tuve al pasarle esa historia y me pidió que lo llamase en dos días para ver cómo estaba la situación. Esa misma noche lo dejé todo, compré un billete de tren, me disculpé con mi novia por tener que romper las vacaciones previstas (era semana santa, creo) y me marché.
Durante las 48 horas que estuve en Madrid asistí al fallecimiento prematuro de un hombre que apenas tenía 38 años y se desvanecía entre apneas muy jodidas. Lo peor fue cuando la madre de este me cogió de la mano y me subió a la sala de urgencias en donde estaba y me pidió que hiciera mi trabajo. La foto era tan cruel que acabó siendo portada. Juanjo no paraba de repetirme que si esa foto era robada. Le insistí una y otra vez que no, que era voluntad de la familia, que querían denunciarlo, que ya no sabían qué más hacer para que le escucharan.
Me contaron su triste y dramática vida. Yo la apunté y se la pasé a Juanjo. La editó con maestría varias veces. Les pedí por última vez a la familia del afectado su permiso para publicar toda la información que me habían dado. El día que murió José Manuel Calzado, la madre y la hermana y la tía me abrazaron como nunca nadie lo había hecho. Esa misma semana, "El último muerto del amianto" fue portada. Juanjo me prometió que, por los esfuerzos y el resultado, me pagarían algo más de lo estipulado. Según él, me lo merecía.
Pocas personas me han dicho esta frase.
Al tercer día me invitó a comer a un asturiano. Yo le regalé el libro que había escrito. En la dedicatoria le mencioné al gran Fiti en la misma medida y respeto que empleaba él cuando nos contaba sus batallitas. Creo que le gustó.
Haciendo balance, ese año nadie me pagó tanto por una sola colaboración. Juanjo me trasladó las felicitaciones de sus superiores. Al día siguiente, en mi cuenta de twitter empezaron a seguirme varios de los colaboradores y fotógrafos de la revista. Algunos me felicitaron. Sentí que lo que había hecho era importante. Juanjo me pidió que si volvía por la capital, le avisara para tomar unas cervezas.
Al año siguiente recibí una llamada de él. En mi tierra, en Galicia, un boxeador había caído de bruces en un combate y la cosa no pintaba nada bien. En Interviú querían que me colase en el hospital y sacase algo parecido a lo que había hecho. Acepté. No pude sacar nada y me disculpé. Juanjo me dijo que en vacas gordas hasta me habrían pagado el traslado, pero estaba la cosa muy jodida y se disculpó. Y nos despedimos. Mándame cosas cuando las tengas, me repitió.
Y ahora ya nada.
Han cerrado una revista en la cual un redactor jefe trataba a los periodistas como si fueran personas. No puedo decir lo mismo de otras. Lo siento. Pero si no llega a ser por personas como él, hace tiempo que habría dejado esta profesión de mierda, llena de trepas, gilipollas y lameculos que te arañan los euros como si salieran de su puto bolsillo. Y ahora los dejáis en la calle.
Creáis a Godzilla y luego protestaréis porque destruye ciudades. Pues eso. No vengáis llorando cuando escampe, cabrones.
Juanjo, compañeiro, han pasado dos años y sigo detrás de la historia del boxeador. Creo que pronto la familia accederá a hablar conmigo. Espero estar a la altura y no defraudar. Prometí esa historia. Y la tendrás.

5 de diciembre de 2017

Amalia Vázquez Delgado.

Amalita del Ponto. La llamaban así. Murió hace un año, el 6 de diciembre de 2016. Amalia Vázquez Delgado. He buscado en internet y salen cinco referencias. Su esquela y cuatro enlaces a reportajes de prensa. Tenía 74 y padecía asbestosis.
En 2006 Paco Varela, periodista de tribunales de La Voz de Ferrol escribía esto: "Ella recuerda que desde 1962 en que su marido ingresó en la antigua Bazán lavaba dos o tres buzos a la semana. Era una persona solidaria y, por ello, cuando la mujer de un compañero de su esposo estaba enferma ella le echaba una mano y se ocupaba de la ropa de trabajo. «Los buzos venían llenos de un polvo que parecía tiza de encerado, ahora sé que era amianto», dice con resignación".
En enero de 2007 presentaron su historia de forma oficial. Fueron unas jornadas médicas en el hospital Arquitecto Marcide de Ferrol. Estaban presentes su gran estimado médico de atención primaria, Carlos Piñeiro, la anatomopatóloga Cristina Durana, la radióloga Soledad Brage y la jefa de neumología Carmen Diego. La primera de tantas.
Conocí a su marido. Hacía las tardes en un campo de fútbol a donde unas docenas de renacuajos íbamos a entrenar, allí en Piñeiros. Lo recuerdo como un hombre amargo. Me enteré de que lo conocía cuando fuimos a entrevistarla para un reportaje que se publicaría en El Mundo. Javier Nadales y yo, con cara de circunstancia, a su casita en el Ponto, en Narón, a varios kilómetros de distancia del punto fabril más cercano. Ella con los pulmones abotargados. Nos miraba como miran los perros apaleados. Con ese mirar hacia ninguna parte. Entre la miseria y la nada. Que solo miran hacia arriba para saber si va a caerles algo.
Entramos y nos ofreció lo poco que tenía. Uno de sus hijos dormía en la habitación de al lado. Era mariscador, de a flote. Estaba reventado, como acaban todos ellos, con la espalda machacada de rascar con esas pértigas de decenas de metros para conseguir un par de kilos de una almeja que seguro ya está contaminada. Otro hijo (político) me preguntó por mi camiseta de los Beatles y me preguntó que si me gustaban. Le dije que sí. Durante un momento aquella podía pasar por una tarde normal. De visita a la abuela, como tantas otras cosas. Salvo por el clac clac del espejo que se abate de la cámara de Javi. Lo veíamos hacer fotos en silencio. A ella, tan íntegra y tan entera que solo sus huesos y piel la mantenían erguida. Cuando le pregunté si había decidido denunciar me explicó que a ella no le quedaban opciones. Para qué. Algo le habían dado ya a su difunto marido para que se callaran los dos. Solo le quedaba esperar. En aquella butaca, rodeada de frascos de fármacos y la máquina de oxígeno. Su familia, su casa, su tierra.
Al llegar a casa me llamó la buena mujer para corregir un dato. Ella tenía asbestosis. No mesotelioma. Se había confundido. La voz era frágil. Es curioso. Con toda la vida a cuestas y su voz era frágil. Con toda esa experiencia.
Javi me dijo en sus notas que una de las cosas que más le habían impresionado era ese ruido de lavadora estropeada que nunca acaba. La hice propia y la puse en el reportaje y en la última corrección del libro. Estaban a punto las galeradas y quería reconocerle la última aportación de un tema imposible de terminar que empezó a escribirse cuando él y la gran María Crespo me arrinconaron en una pizzería cerca de la calle Pez y me dijeron que parase. Que llevaba dos años contándoles la milonga, que tenía material hasta para escribir un libro. Recuerdo que aquellos días dormía en la casa de la madre de María. A la mañana siguiente agarré la libreta y me fui al baño. Llamé a Ramón Tojeiro para preguntarle por su mujer. Hablé con ella. Quería que me contase cómo había sido aquella última mañana de Bastida, el afectado que fue llamando a todos antes de morirse. Al día siguiente de aquella llamada telefónica murió.
Se fue como se fueron tantos. También se fue Valcárcel. Y Capotillo. De seis entrevistas que hicimos Nadales y yo para el reportaje ya se han muerto la mitad.
Y nadie parece hablar de ellos. En internet no salen ni sus nombres. A veces me pregunto por qué hacéis esto. Es peor que lo que los mataron. Los abandonáis, los dejáis en el olvido.

Siempre se dice que para evitar caer en el olvido, es necesario recordar. Para que los que se fueron estén presentes de alguna manera. Que no siempre se obtiene la justicia deseada. Ni el reconocimiento. Fue injusto lo que te hicieron. Pero algunas personas te conocieron y otros tantos demostraron que tenías razón. Puede que no haya papel firmado que lo diga, pero tenías razón. Tú y los tuyos teníais razón. Los que quedamos lo mantendremos. 
Hasta que nos volvamos a ver, Amalita del Ponto.