5 de diciembre de 2017

Amalia Vázquez Delgado.

Amalita del Ponto. La llamaban así. Murió hace un año, el 6 de diciembre de 2016. Amalia Vázquez Delgado. He buscado en internet y salen cinco referencias. Su esquela y cuatro enlaces a reportajes de prensa. Tenía 74 y padecía asbestosis.
En 2006 Paco Varela, periodista de tribunales de La Voz de Ferrol escribía esto: "Ella recuerda que desde 1962 en que su marido ingresó en la antigua Bazán lavaba dos o tres buzos a la semana. Era una persona solidaria y, por ello, cuando la mujer de un compañero de su esposo estaba enferma ella le echaba una mano y se ocupaba de la ropa de trabajo. «Los buzos venían llenos de un polvo que parecía tiza de encerado, ahora sé que era amianto», dice con resignación".
En enero de 2007 presentaron su historia de forma oficial. Fueron unas jornadas médicas en el hospital Arquitecto Marcide de Ferrol. Estaban presentes su gran estimado médico de atención primaria, Carlos Piñeiro, la anatomopatóloga Cristina Durana, la radióloga Soledad Brage y la jefa de neumología Carmen Diego. La primera de tantas.
Conocí a su marido. Hacía las tardes en un campo de fútbol a donde unas docenas de renacuajos íbamos a entrenar, allí en Piñeiros. Lo recuerdo como un hombre amargo. Me enteré de que lo conocía cuando fuimos a entrevistarla para un reportaje que se publicaría en El Mundo. Javier Nadales y yo, con cara de circunstancia, a su casita en el Ponto, en Narón, a varios kilómetros de distancia del punto fabril más cercano. Ella con los pulmones abotargados. Nos miraba como miran los perros apaleados. Con ese mirar hacia ninguna parte. Entre la miseria y la nada. Que solo miran hacia arriba para saber si va a caerles algo.
Entramos y nos ofreció lo poco que tenía. Uno de sus hijos dormía en la habitación de al lado. Era mariscador, de a flote. Estaba reventado, como acaban todos ellos, con la espalda machacada de rascar con esas pértigas de decenas de metros para conseguir un par de kilos de una almeja que seguro ya está contaminada. Otro hijo (político) me preguntó por mi camiseta de los Beatles y me preguntó que si me gustaban. Le dije que sí. Durante un momento aquella podía pasar por una tarde normal. De visita a la abuela, como tantas otras cosas. Salvo por el clac clac del espejo que se abate de la cámara de Javi. Lo veíamos hacer fotos en silencio. A ella, tan íntegra y tan entera que solo sus huesos y piel la mantenían erguida. Cuando le pregunté si había decidido denunciar me explicó que a ella no le quedaban opciones. Para qué. Algo le habían dado ya a su difunto marido para que se callaran los dos. Solo le quedaba esperar. En aquella butaca, rodeada de frascos de fármacos y la máquina de oxígeno. Su familia, su casa, su tierra.
Al llegar a casa me llamó la buena mujer para corregir un dato. Ella tenía asbestosis. No mesotelioma. Se había confundido. La voz era frágil. Es curioso. Con toda la vida a cuestas y su voz era frágil. Con toda esa experiencia.
Javi me dijo en sus notas que una de las cosas que más le habían impresionado era ese ruido de lavadora estropeada que nunca acaba. La hice propia y la puse en el reportaje y en la última corrección del libro. Estaban a punto las galeradas y quería reconocerle la última aportación de un tema imposible de terminar que empezó a escribirse cuando él y la gran María Crespo me arrinconaron en una pizzería cerca de la calle Pez y me dijeron que parase. Que llevaba dos años contándoles la milonga, que tenía material hasta para escribir un libro. Recuerdo que aquellos días dormía en la casa de la madre de María. A la mañana siguiente agarré la libreta y me fui al baño. Llamé a Ramón Tojeiro para preguntarle por su mujer. Hablé con ella. Quería que me contase cómo había sido aquella última mañana de Bastida, el afectado que fue llamando a todos antes de morirse. Al día siguiente de aquella llamada telefónica murió.
Se fue como se fueron tantos. También se fue Valcárcel. Y Capotillo. De seis entrevistas que hicimos Nadales y yo para el reportaje ya se han muerto la mitad.
Y nadie parece hablar de ellos. En internet no salen ni sus nombres. A veces me pregunto por qué hacéis esto. Es peor que lo que los mataron. Los abandonáis, los dejáis en el olvido.

Siempre se dice que para evitar caer en el olvido, es necesario recordar. Para que los que se fueron estén presentes de alguna manera. Que no siempre se obtiene la justicia deseada. Ni el reconocimiento. Fue injusto lo que te hicieron. Pero algunas personas te conocieron y otros tantos demostraron que tenías razón. Puede que no haya papel firmado que lo diga, pero tenías razón. Tú y los tuyos teníais razón. Los que quedamos lo mantendremos. 
Hasta que nos volvamos a ver, Amalita del Ponto.


30 de noviembre de 2017

Fotografía para vagos. Lección 4. Preparando el terreno.

Nunca hago estas cosas. Pero ayer fue demasiado.
Ya conté en su día que mi vocación es también mi perdición. Es como poner todos los huevos en una sola cesta.
Pero me cuesta horrores recuperarme de cada día de trabajo. Ayer fue mi primera visita al local de la asociación para el daño cerebral de León. Estas fueron mis notas.

Vicente tiene 76 años. Pero tiene que escribirlo. Porque al hablar de su edad dice "yo tengo 4 años". Como un disléxico al hablar. Tiene afasia. Se confunde con los numerales y los sustantivos. Estuvo en la marina, le mareaba y lo dejó. Le costó una eternidad explicarme el tiempo que estuvo destinado y el nombre del barco. Después trabajó en la banca.
Estamos en una sesión de trabajo con la neuropsicóloga Ester.
-¿Cuántas semanas tiene el año?
-56
-Tú vives la vida intensamente, ¿verdad?
No tiene secuelas de ningún tipo. Es un hombre con percha. Se ve joven pese a sus años: pelo canoso y abundante, ligeras entradas, ropa oscura, elegante, bien llevada.
-¿Qué recordáis de vuestra infancia? -pregunta Ester.
-Yo fui en un maronnno, en un macaróón,...
-un barco!
- ¡eso! Perdona, te podía contar muchas cosas pero... nnnn nó me salen.
-¿Adrián?
Adrián va en silla de ruedas. Es un joven bien fornido, brazos tirando a gruesos, como recién salidos de gimnasio. No lo recuerda.
-¿Gabi?
Gabi es joven también. Pelo pincho con gomina, bien vestido, jersey de lana y vaqueros.
-Yo en el Crucero.
-¿Nada más? ¿Te sentabas y hala?
Se ríen.
-Jugaba a la peonza.
-Muy bien. ¿Qué más?
Vicente responde. Es de Ponferrada. Tiene un hijo viviendo en Argentina. Lo ve cada año. Pero mezcla las cifras y no sabemos cuántas veces va. Recuerda que de niño, jugando a indios y vaqueros un chico le tiró una pizarra que le fue a dar en la cara. Le dejó una brecha descomunal que todavía asoma entre las arrugas. Que sangró como un cerdo.
Ponen caramelos en la mesa. Ester me comenta algo del lóbulo frontal y las conductas de repetición. Le pregunta a Gabi que cuántos caramelos se comerá hoy. Él responde que solo uno. Pero me huelo a que hay trampa.
Gabi se gira en su silla para explicarme que le rajaron la frente. Con la mano derecha se va señalando los límites de su frente. A ambos lados de la misma, a un centímetro escaso de las sienes, se ven las hendiduras de lo que fue. Como si en quirófano te sacasen la frente entera como una pieza de lego. Se gira y coge otro caramelo. No para de hablar. Ester se pone la mano en la boca y él para y sonríe. Dice que si no es por eso, no deja de hacerlo. Ester explica que son conductas de utilización. Eso ocurre cuando lo que te quedó dañado es el lóbulo frontal.
Ester comienza explicando que de pequeña se escapaba del colegio. Por culpa de doña Pilar, que era una cerda. Esperaba al final de la cola y cuando no miraba la profesora se iba. También inundó la casa de sus padres. Pero fue por una buena causa. Les habían cerrado el agua por unas obras, y cuando volvió a fluir, Ester pensó que si llenaba el fregadero su madre tendría agua de sobra. Claro está, se olvidó de cerrar el grifo y le acabó llegando a la vecina de abajo. También se dio cuenta que, cuando iba a comprar con su madre le daban caramelos. Así que se las ingenió para ir por el barrio pidiendo cosas con tal que le dieran caramelos. Luego ella explicaba que su madre ya se lo pagaría.
-¿Deportes de pelota?
-Malonmono... malonn... es que no me sale...
David es un hombre corpulento, con una gran barriga que le sale del torso. No parecen tener nada, ni él ni Vicente. Es lo curioso del daño cerebral. Quedó subcampeón de España en rugby. Era tercera línea. Pero la memoria empieza a fallarle.
Teresa, sin embargo, tiene una marca en el parietal derecho. Muy visible y reciente. Se ven a simple vista los puntos y el color amarillento del yodo. Tiene el pelo rapado. Una raja de 8 centímetros  de largo, y en su extremo un bulto alargado de otros 8 centímetros. Pero su dicción es correctísima y la memoria no le falla. Ha viajado mucho a lo largo de su vida. Es parca en palabras.
Ester saca una fotocopia de un dibujo. Hay que buscar elementos absurdos. Cosas que destaquen porque están fuera de lugar. Es otro ejercicio. Todos ven algo. Tardan en ver al león que come una hamburguesa con las manos. Pero lo ven.

Esto fue lo que anoté en dos horas de taller. Cuando empezaron a venir los familiares los saludé y me presenté. La mujer de Gabi me contó que si necesitaba cualquier cosa que la pidiera sin problemas. Que ya había hablado con otros periodistas. Incluso había salido en la tele. Su cara me sonaba. Se veía una mujer fuerte y decidida.
Al llegar a casa me di cuenta de que ya sabía quién era.
Llevo dos días asimilándolo.

13 de noviembre de 2017

15 años despues.

Han pasado 5 años de estas fotos. Las hice como muestra de un reportaje sobre los 10 años del Prestige. Son pescadores de Muxía, una de las zonas más afectadas. Trataba de contar el día a día de ellos, con anécdotas y recuerdos de aquellos fatídicos días. Nadie me compró la idea. Estas fotos se quedaron en el cajón. A mí, sin embargo, me gustó hacerlas.
Perdí incluso las notas. En otros países, las libretas son consideradas prueba legal en un juicio. Los de prensa como tocapelotas del quién y del cómo. Lo dejé correr como quien ve alejarse esa bolsa de plástico que se te cae y en segundos ya es de nadie.
Conseguí entrar gracias a un ex patrón mayor. A Carlos (sí, otro Carlos en mi vida) le debo el que me dejaran durante un par de días ir a media mar y hacerles preguntas. El primer día solo vomité hasta casi tocar la traquea con la quilla. Carlos me dijo que él, pasado el faro de salida del puerto, era ponerse a soltar el desayuno como si no hubiera un mañana.
-Despois de iso, hai que comer o que seña.
De cada vomitona llenar el buche. Recibido. Lo hice unas catorce veces el primer día. El segundo solo dos.
La humedad se te pega a la piel y al frotarte las manos notar como sal y arena entre los dedos. Uno de los pescadores pintaba en sus ratos libres. Había sido profesor, o algo parecido, y la vida le iba bien, ganaba dinero y disfrutaba de los aires contemplativos de la gran ciudad. Pero la cosa se había puesto chunga y en uno de esos renuncios que te da la vida encontró un salvoconducto. O lo que es mejor, encontró a una persona. Y acabó aquí, o sea allí, en Muxía, en un pueblo que siempre huele a húmedo y a sal.
Agarraban los rapes con destreza, les hacían un par de tajos y para el congelador. Las maniobras eran cortas, secas y rápidas. Cuando se atascaba algo se juntaban tres o cuatro para que la cosa fuese limpia y nadie acabase en la borda. Llegué a ver a uno de ellos literalmente fuera del barco. Apunté y disparé. Todo era negro. No había luz salvo por los faros del barco. Estábamos en ninguna parte. No había percepción de norte o sur, de arriba y abajo. Flotábamos como en el líquido amniótico. Era como volver al comienzo. Con el silencio roto por el renqueo de las poleas dañadas de óxido. Como si para salir de aquello hiciese falta el supremo sacrificio de parir con veinte centímetros de dilatación del coño.
Nadie quiso esta historia. Otro fracaso, sí, claro. Ya sabemos de qué va esto.
Pero yo vi amanecer en medio de ningún lugar. Vi las primeras luces mezclándose en el horizonte, tapado con una manta húmeda y fría y con una taza de café hirviendo en las manos, en medio de la cubierta de proa. Solo con la cámara y la libreta. No hice nada. Para qué. Nadie lo entendería.